4 de agosto de 2016


                                                    EL LIBRO DE FABRICA

    Se quiere datar el nacimiento de hermandades y cofradías, como asociaciones destinadas a fines benéficos o dedicadas al culto público, entre los siglos XIV y XV, aunque experimentarían un importante auge en los siglos XVI y sobre todo en el XVII. Al frente de ellas, siempre hubo un mayordomo, o encargado de administrar sus ingresos y gastos.
     El Libro de Visitas de la Orden de Santiago, nos da a conocer que en 1604 existían, cuando menos, en Puebla de la Calzada las cofradías de Santiago, Santo Toribio, del Hospital y de los Mártires, y sus mayordomos presentaban el detalle de apenas unos reales que ingresaban y unos pocos más que gastaban o invertían en mantener una exigua hacienda de parvos bienes materiales. Tal vez se viniera produciendo con anterioridad pero por la falta de documentación, es en 1769 cuando encontramos el nombramiento de mayordomo de “Ntra. Sra. de la Encarnación, titular de la Iglesia Parroquial”, y también de “la Fábrica de la única Iglesia Parroquial de esta villa”


     Es propio asociar el término fábrica, con industria, taller, factoría, obra o inmueble, pero el Diccionario de la Real Academia Española dice que, en las iglesias,  fábrica es la “renta que se cobraba para repararlas y costear el culto divino”, y también “fondo que solía haber en las iglesias para este fin”. Así, el libro de la fábrica de la iglesia, recoge los recursos, y su movimiento, destinados a proveer todo lo necesario para el culto y el mantenimiento del edificio.  

     Aquellos fondos, la fábrica, eran el resultado de las aportaciones recibidas, entre otras, por un buen número de funciones, cotidianas y extraordinarias, que necesariamente habían de converger en la iglesia como propias. Y de las que se encargaba el sacristán. Teniendo  en cuenta que el sacristán podía ser laico o religioso, era en este último caso cuando ejercía también de colector, “eclesiástico a cuyo cargo está recibir las limosnas de las misas”. Que también el colector debía rendir cuenta de los productos que manejaba y de sus rendimientos por el buen uso de los mismos y su buena administración.
       Se han perdido los libros de cuentas del resto de cofradías, salvo los del Santo Hospital de Pobres desde 1640, y apenas los datos de unos pocos años han llegado hasta nosotros del libro de fábrica de Puebla de la Calzada, que se conservan en el Archivo Histórico Municipal. A su pesar, nos dan una idea clara, teñida de la dificultad de aquellos tiempos, de la situación que atravesaba.
        El libro de fábrica de Puebla de la Calzada del año 1834 recoge entre sus fuentes de ingresos “130 reales de 13 borregos vendidos a 10 reales cada uno” además de “503 reales y 17 maravedís, valor de nueve @ y media de lana fina vendida cada una a 53 reales” y los “34 reales y 10 maravedís que ha cobrado de réditos de los que a su favor tiene esta fábrica” y otros “440 reales que aparecen en poder de D. Francisco Casimiro Carrasco, procedentes de la colecturía del año de 32”. En 1835 se recogen “416 reales, valor de 26 borregos vendidos a 16 reales cada uno” además de “660 reales a que asciende el valor de 60 fanegas de cebada que se han vendido a once reales cada una”, o los “125 reales valor de dos fanegas y seis celemines de garbanzos que se vendieron a 50 reales fanega”
     No daba aquella economía para demasiados ingresos que, en contrapartida, debían financiar los pagos necesarios y casi obligados.

     Entre los pagos de 1834 figuran “200 reales pagados al Sr. Cura por su asignación, 195 reales pagados a D. Francisco Casimiro Carrasco por sus derechos de tal”, los “220 reales al organista Diego Fernández Zarrabeitia, en ausencia de su hijo Antonio, por su asignación anual” o los “360 reales que les están asignados, pagados a los monaguillos que sirven en la parroquia”

       Que corresponden al año completo de dos monaguillos, como se desprende de los recibos de pago extendidos por el mayordomo en Abril de 1837 a “Francisco Cacho, Monaguillo de la misma la cantidad de 15 reales por el mes de la fecha” y también a “Juan Antonio Lemos, monaguillo de la misma” se le pagaron “treinta reales que le corresponden por los meses…” Este recibo, firmado el 3 de octubre, dice que corresponden a los meses de “octubre próximo y noviembre presente”.


      Existen también en aquel año el pago de “364 reales para la compra de seis @ de aceite, asignadas anualmente a la lámpara del Santísimo” o los “160 reales por el vino consumido en la celebración de Misas en todo el año”. Se pagó también al carpintero “por la construcción y madera de un “marco para la ventana de la Capilla del Rosario, compostura de dos facistores y hechura con madera de una mesa de tres varas con dos cajones, tiradores, fechaduras y llaves para la sacristía”, y al latonero, al que se le pagaron 165 reales “por la hechura de una ventana de cristales para la capilla del Rosario, componer sus cuatro faroles y el del óleo”; o los 300 reales pagados al albañil por “un jornal y el de un peón, correspondiente a veinte días que invirtió en componer la capilla de la iglesia y enladrillar la sacristía”. Además de los 30 reales que se pagaron “al fabricante de ladrillos, valor de 600 que se le compraron para solar la sacristía” o los 240 reales pagados a “la Lavandera, Costurera y Planchadora por asistir la ropa de la Parroquia”

     En 1835, entre otros, se reflejan 200 reales para “reedificar un pedazo de la casilla de la Iglesia, que estaba arruinado y en el día se encuentra abilitado” [sic], 152 reales “por refregar, sacudir y asear toda la parroquia con renovación de pintura en la cenefa que rodea toda su circunferencia interior”, 85 reales “por valor de un ule para el altar mayor” [sic] o los 10 reales “pagados al amanuense que formo las listas de cobranza de censos y rentas”.

      En 1838, los gastos más importantes se hicieron en pagar 339 reales “por las 6 @ de aceite asignadas a la lámpara del Santísimo”,  comprar “4 docenas de escobas, 13 varas de encajes, 4 ropones, tafetán para la banda, 10 libras de jabón para el aseo de la ropa, 2 cargas de picón, un ysopo de metal” [sic], en la “compostura de llaves de la Iglesia” y en “obras en la sacristía, con materiales”. El citado Francisco Casimiro Carrasco, firma el 28 de diciembre de aquel año, un recibo “como Sacristán de esta Iglesia Parroquial, recibí del Mayordomo de Fábrica la cantidad de 168 R.V. que como tal sacristán se me tienen asignados”


      Llama especialmente la atención, el capítulo de ingresos reflejados de aquellos años y sus detalles, así como el de deudas, principalmente referidas a aquellos actos y ceremonias que, habiendo generando unos ingresos, habían resultado impagados. 

13 de julio de 2015


LEAL, HONRADEZ  Y  ENTREGA

       Si todo lo que suena a historia, no lo es, y además de la historia oficial hay otras que no se cuentan, los héroes de plantilla no son los únicos del devenir legítimo de los tiempos, porque hay otros héroes que tal vez nunca tuvieron intención de convertirse en ninguna otra cosa que lo que eran, hombres y mujeres que cumplieron con el papel que les había tocado, haciéndolo como tenían que hacerlo, desde la honradez y la mejor de las voluntades. Casi todos los auténticos héroes, habitan velados en las historias sencillas, aquellas de las que de su propia simpleza nace su dificultad.

    Héroes desconocidos, o casi, cuya impronta adorna el túnel del tiempo bajo el espeso barniz con que la historia trasviste las vidas humildes. Hombres y mujeres que son parte de nuestro pasado aunque desconozcamos sus rostros y sus nombres, que a menudo no sobrepasan el ocre sucio del papel, y que estando al servicio de los demás, cumplieron su obligación con la honradez que cabría suponerles para convertirse en piezas necesarios del tejido social que defendieron hasta más allá de su responsabilidad.

    El 10 mayo 1832 desaparecía un hombre que, vistos los muchos testimonios que de su entrega permanecen suspendidos en los hilos del tiempos, estuvo siempre en donde debía y, parece, haciendo bien su trabajo al servicio de la villa.
    Desde la lejanía del tiempo y el desafecto de la distancia, no parece imprudente asegurar que Manuel Leal Vita, hizo gala de una ingente capacidad para el trabajo, que a lo largo de su vida, adornó de una inquebrantable honradez y una profusa generosidad y sencillez, lo que lo convierten en mucho más que el escribano que durante cuarenta y dos años administró desde el conocimiento y la capacidad, los asuntos, no siempre fáciles, y el destino de Puebla de la Calzada.

    Toma posesión el 16 abril 1790, en cuyas capitulares se hace constar que “hallándose en esta villa Dn Manuel Leal Vita, Escribano Real nombrado por su Excelencia el Señor Conde de este estado para escribano de este Ayuntamiento y teniendo en consideración la suma falta que está haciendo para evacuar el cumulo de asumptos y ordenes detenidos, mandaron de común acuerdo se le de posesión de zitado oficio con entrega instantáneamente de todas las ordenes, instrumentos y papeles a él concernientes, para cuio fin se haga comparecer, y habiéndose efectuado en prueba de zitada posesión, habiendo pasado al despacho del antecesor Josef Pérez, Difunto, en donde se hallaban dichos documentos y efectos de dicha escribanía, custodiados con llave…  referido señor Alcalde de primer voto le entrego los principales asumptos, quedando solo en su oficio…” [Sic]   

"Estado que manifiesta el movimiento de onzas de Aceite suministradas a las tropas en el año de 1810" .-  
Documento de 1810.- Archivos Municipales

    El primer gran trance que enfrenta, es la llamada Desamortización de Godoy. Hubo que expropiar muchas fanegas de muchas suertes de tierra y algunas casas pertenecientes a Cofradías, Patronatos, Obras Pías y Patronatos de Legos. Valorar, tasar, publicar, hasta tres veces, subastar, adjudicar y liquidar, tramitando aquel proceso en forma y fondo de Ley. Muchos expedientes necesarios, con multitud de folios obligados por cada uno de ellos que dieron lugar a muchas diligencias. Y en cada diligencia, en cada anotación de cada incidencia, publicación, subasta o remate, su firma, “Ante mí”, dando fe del hecho.  

    Con la invasión francesa, se convierte en la piedra angular de la gestión y control de la vorágine militar de uno y otro bando. Durante cinco años, (1809-1814), Manuel Leal Vita controla y distribuye los recursos propios, registra productos, raciones, entregas, recibos, existencias, lo que no se cobra, lo que se presta, a quien se da, a donde se lleva, o lo que se devuelve, puntualizado por calle, vecinos, año y peculios; cuantifica hasta el maravedí lo suministrado, por especie, mes y ejército o fuerza a quien se abastece. Y no fueron pocas las fuerzas que marchando o acampando en la zona, fueron avitualladas ya con trigo, con cebada, aceite, pan, vino, carne, leña o garbanzos.
    Su trabajo, la eficiencia de su trabajo a pesar de las dificultades que podemos suponerle al tiempo y la situación, nos permite hoy evaluar el costo que significó para Puebla de la Calzada aquella Guerra de la Independencia, separado por vecino y calle, de cada fanega de trigo que salió del Pósito, o por el alojamiento de soldados y oficiales. 

    En 1824, es expedientado junto al alcalde y los dos regidores, constitucionales, cuando el felón Fernando VII llevado de su furor absolutista, ordena la reposición de los cargos de Ayuntamiento existentes antes del Trienio Liberal. Seguido el proceso correspondiente, como “en el Secretario concurre la circunstancia de tener sesenta y cuatro años de edad, haber desempeñado este cargo por tiempo de treinta y cuatro años sin haber experimentado el menor apercibimiento por las autoridades y pronto siempre a sostener la tranquilidad pública…” es repuesto en su cargo con todos los predicamentos. No debía haber sido de otra manera.

     Cuando en 1827, el Alcalde Mayor de Montijo intenta injerir en la jurisdicción de Puebla de la Calzada, Leal Vita defiende el derecho del concejo poblanchino a elegir a sus Justicias por el privilegio de villazgo que se le otorgó en 1580, acudiendo a la propia casa Condal solicitando la documentación, que no tenía nuestro archivo “por las repetidas invasiones en que fueron destrozados”. Muestra, orgulloso, aquella carta de privilegio, y el Alcalde Mayor hubo de olvidar su pretensión.
   
      El 28 marzo 1828, Leal Vita declara que “estando acreditado ser doscientos cuarenta y siete años cumplidos los que disfruta este pueblo del derecho de villazgo…” y el día 31, insiste y aunque “algún tiempo hayan conocido con los Alcaldes Ordinarios en los negocios civiles y criminales de esta villa, los Mayores de la del Montijo, no así debe suceder en adelante porque ni el Real Titulo del Sr. Alcalde Mayor actual del Montijo le confiere esta Jurisdicción ni ella se puede combinar con el espíritu de la referida Real Orden dirigida a conservar los privilegios de villazgo concedido a los pueblos que lo disfrutan y a evitar a sus vecinos los perjuicios gravísimos que son consiguientes a que conozcan de sus causas y pleitos los Jueces que no residan en ellos como el referido Sr. Alcalde Mayor que reside en la villa del Montijo y no en esta…”
 
      Además de que “debe tener su residencia fija en la villa del Montijo en donde únicamente ejerce la Real Jurisdicción por carecer de Alcalde Ordinario… debiendo conocer exclusivamente de todos los negocios de esta villa sus Alcaldes Ordinarios, los actuales deben continuar sin necesidad de nueva elección desempeñando la Jurisdicción Ordinaria… pasando oficio al citado Sr. Alcalde Mayor para que le conste lo determinado por esta corporación, en el desempeño de sus deberes…”

     Manuel Leal Vita firma con letra trémula, moribunda, su último documento el 8 de mayo de 1832. El día 11, “los señores que componen el ayuntamiento dijeron que el Escribano Real numerario y de esta Corporación don Manuel Leal Vita á fallecido en el día de ayer quedando pendiente varios informes de urgencia…” [sic]

     Sus “pequeñas gestas”, sus “pequeñas grandezas” y sus “pequeñas significativas decisiones”, lo hacen acreedor del mayor reconocimiento y recuerdo, que hasta el momento se le niega victima de la ignorancia.
    Su honradez, su capacidad y su entrega, le otorgan el derecho a ser inscrito en el invisible libro de los héroes anónimos, los que sin conquistas ni batallas y por el módico precio de la postrer ignorancia y el inmortal desconocimiento, quisieron y supieron mantener, potenciar y avivar el fuego del día a día de un pueblo, en un tiempo en el que la historia, caprichosa, juguetona y hasta cruel a veces, quiso gastarle un pesada broma y apagar las luces de su escenario.

5 de abril de 2015

EL ARCANO DE SANTO TORIBIO


     Posiblemente hace bien la historia ocultando algunos de sus hilos para que no dejemos, al menos de cuando en cuando, de mirarla desde nuestra ignorancia y preguntarnos por el momento, la circunstancia, los por qué. Quizás sea bueno que en medio de la clarividencia de nuestro tiempo, fugaz y precipitado, la historia siga manteniendo, de manera tan sutil a veces, parte de su ser y su esencia revestidos de arcano, de incógnita, de misterio. Oculto.
Inventario de Bienes (1799) AAMM.- P. Calzada
   Así, por las razones que fueran, la inquieta historia tan casquivana como filosófica y profunda, ha querido no solo que nuestros orígenes permanezcan difusos entre el quizás y el es posible, sino que también nos ha dejado, en el discurrir de los siglos y las luces, suspendida de un entramado de opiniones y sentencias, la ermita de Santo Toribio, ese lugar que todos conocemos por el nombre y que ninguno conseguimos ubicar a ciencia cierta por más que nos empecinemos en querer verla, distraída en formas y volúmenes de parecida semejanza a los que imaginamos debió tener en su día.
    Con mayor o menor interés, hemos conocido que en el siglo XVII, en Puebla de la Calzada existían, aunque durante un tiempo ciertamente no demasiado extenso, tres ermitas, de las advocaciones de los Santos Mártires, Santiago y Santo Toribio; tres puntos vivos de la fe y las manifestaciones religiosas de su gente.
     Y aunque la ermita de los Santos Mártires venció al tiempo y las circunstancias para permanecer, reformada y reedificada hasta nuestros días, las de Santiago y Santo Toribio, por unas causas u otras entre las que no podemos olvidar las carencias económicas, fueron convirtiéndose en sombras de su propio crepúsculo hasta el ocaso, ya en el siglo XVIII. Primero fue la de Santiago, que pereció a pesar de que todo parece indicar que fue la primera advocación que tuvieran tanto el primer paraje orillas del Guadiana, como la aldea nacida al amparo de la Orden de Santiago, luego villa de Puebla de la Calzada. Y cuya ubicación, ya orillas del rio o a poniente de la villa, no despierta interés alguno, y razones habrá que se disipan en las brumas del desconocimiento.
     Sabemos de ellas por el Libro de Visitas de la Orden de Santiago. En 1604 nos dice que la de los Mártires, “está començada a hacer y sacados los cimientos” y de la de Santiago, “la qual es un cuerpo de piedra y tapias y votaretes de ladrillo, tiene un portal delante de la puerta que esta al mediodía, de cuarto arcos de ladrillo…”[sic] nos dice que en su retablo aparece “señor San Tiago armado en blanco con un pendón en la mano de la rienda” y en la parte baja de dicho retablo “en dos tableros de pincel las ymagenes de los vienaventurados mártires san favian y san sevastian…”[sic]
 
   ¿Guardaba la ermita de Santiago los tableros destinados al que sería, o posiblemente llegó a ser, el primitivo retablo de la ermita, en aquel tiempo todavía en construcción, de los Santos Mártires?

    La misma visita menciona la ermita de Santo Toribio que “esta junto a la dicha villa de la puebla…” Pero, ¿Dónde se ubicaba la ermita de Santo Toribio? ¿Cómo era aquella ermita? ¿Cuánto tiempo sobrevivió? ¿Qué fue de ella?
    Un censo de 1705 dice que “al levante, su advocación santo Thorivio, sin rentas”, y Juan Ramos de Solís, párroco en 1798 detalla que “al levante, mui próxima al pueblo…” y los visitadores, en 1604, dicen que está “hacia la villa del montixo” Lo que parece situarla al noreste y no al sureste como apuntan algunas opiniones.    
    Los visitadores de la Orden dicen que “es un cuerpo pequeño, las paredes de piedra; tiene un altar en que esta una ymagen del vienaventurado santo torivio, tiene una puerta acia la dicha villa de la puebla con sus puertas de pino y no tiene vienes de que hacer ynventario” [sic] Pequeña y sin bienes ni rentas.
   Tras el terremoto de Lisboa de 1755, la ermita quedó inutilizada y maltrecha, arruinada para siempre, como recogen varios testimonios de diferentes épocas en los años siguientes. Aquella información del párroco en 1798, la completa diciendo, “amenazando ruina desde el terremoto del 55 dedicada a Santo Thoribio de Liébana…” Y que amplia en 1799, “la imagen de Santo Thoribio de Liébana que al presente se venera en la hermita de la Virgen de la Concepción por estar amenazando ruina la suya…” [Sic]
     No tuvo nunca, como dijeron los visitadores de Santiago, bienes salvo según nos dice el párroco “goza y posee un pedacito de cercado plantado la mayor parte de viña, el cual está contiguo a la misma ermita de dicho santo. Y el producto de dicho cercado se invierte en culto del santo como es en la función de Iglesia en su día, en vestuario y ornamentos, en aseo y decencia de su altar” Que lo tenía propio, entonces, en la ermita de la Concepción.
    En el inventario que se hace en 1799 de los bienes propios de Cofradías y Obras Pías, en la llamada Desamortización de Godoy, de la de Santo Toribio se dice “a esta imagen le corresponde un zercado como de una fanega plantada de viña contigua a la ermita arruinada de dicho Santo, zercado de ballado, y existente en el Egido ansarero…” [Sic]

    Uno de los primeros bienes que se enajenan, es Santo Toribio. El 10 de mayo 1799 los maestros alarifes Pedro Gragera Mendoza y Alonso Martin Cortesano, “… an efectuado la tasación de una fanega de tierra plantada de Viñas y diez olivos nuevos que constituyen el cercado situado a espalda de dicha ermita arruinada de santo Toribio y cercado de vallado y banda y con toda inclusión lo gradúan y justiprecian en Quatro mil reales de Vellon”. [Sic]
    Pero también se quiere hacer rentable el edificio ermita por más arruinado que estuviera. Y mediado el año 1800 un vecino, Cristóbal Bejarano Pozo, se interesa no solo por el “cercado de una fanega plantado de viñas y diez olivos nuevos perteneciente a la Imagen de Santo Toribio que se venera en la ermita de Ntra Señora de Concepción, por estar cuasi arruinada la perteneciente a esta imagen…” sino que esta le acomoda “ejecutarlo en unión al material que compone todo el edificio arruinado…”
      Pero, posiblemente, las guerras europeas de finales del XVIII y principios del XIX paralizaron aquel proceso, porque en 1801 el expediente de tasación estaba en suspenso “por las varias ocurrencias que á ocasionado el paso y existencias de tropas de acantonamiento…”[sic] El 1 de noviembre, se elige a los alarifes Juan Coca Borba y Juan Zapata para tasar el edificio y el día 2 dijeron que “han reconocido el material que contiene el edificio ermita perteneciente a la Cofradía de Santo Toribio extramuros de esta villa, confinante con la viña que le pertenece y con inclusión de bóveda, paredes, puertas y maderas sin incluir el terreno solar, lo tasan y justiprecian en la cantidad de tres mil cuatrocientos reales de vellón…”
   Con el precio fijado para la fanega plantada de viña y diez olivos nuevos, y el edificio, se hizo pública mediante edictos, la subasta que había de concluir con la enajenación del bien el día 22 de noviembre de 1801, cuando por los Alcaldes Ordinarios, Juan Fernández Galán y Pedro Guisado Pozo con asistencia de Pedro Mendoza, Síndico General, y Juan Ramos de Solís “cura único de esta parrochial, estando en sus casas consistoriales y habiendo determinado la publicación de la postura, después de ejecutadas varias pujas y mejoras, no habiendo quien diese más, se previno el remate del de mejor condición y lo fue Juan Evaristo Guisado de esta vezindad por el precio de Nueve mil doscientos reales de vellón pagados en moneda metálica por el edificio, material y maderas de la ermita arruinada de Sto. Toribio y su viña confinante sitas en este Egido con los linderos advertidos..” [Sic] El 14 de octubre de 1802, se libra orden para dar posesión “de la finca al comprador, real y efectivamente” que se lleva a cabo, “quieta y pacíficamente, sin contradicción, protesta ni reclama, entrando desde luego a disponer de su mejor cultivo y beneficio…” el día 16 del mismo mes.

    Las noticias sobre la ermita de Santo Toribio se pierden en ese año de 1802, pero existe documentación para permitirnos situarla con una aproximación mayor que la que dan las posibilidades que se barajan; no desaparecen las señales que nos permitan, en algún momento, localizar su ubicación a pesar de la ausencia de vestigios.

     Santo Toribio mantiene un velado arcano que, al socaire de la acaso, coloca sobre sí mismo, a veces, una tenue luz que alumbra el profuso oscuro no solo del desconocimiento con que ha llegado hasta nosotros, sino también el desteñido horizonte del dilema, aceptado siquiera en voz baja, sobre su ubicación, su lugar, y sobre si esta o aquella es un señal de su ayer, ignota señal que nadie o casi nadie ve.

     Un arcano que algún día, ¡ojalá! dejará de ser ese enigma de años que parece querer jugar con quienes miramos el ayer buscando su sombra y no conseguimos ver apenas más que un atisbo escondido en la sombra de la caligrafía gastada de unas letras sonámbulas, casi furtivas, de allende la mitad del siglo XIX.

    ¡Pretérito tiempo añejo y ajeno, refugio perpetuo de lo oculto, no por ignorado menos cierto!

4 de marzo de 2015

JUSTICIA Y REGIMIENTO


    Hasta la caída del Antiguo Régimen, y aunque en los tiempos modernos se tiende a identificar como uno solo, alcalde y regidor fueron dos cargos diferentes, con competencias desiguales y responsabilidades distintas.
     Mientras el Regidor, del latín regere, gobernar, era el encargado de ejercer las funciones del gobierno, el Alcalde, del árabe, qāḍī, literalmente, juzgar, ejercía como juez de paz. Es notorio como, en los siglos XVII y XVII, son mencionados tanto más como Justicias que como Alcaldes. Los versos de El Alcalde de Zalamea, nos muestran esta circunstancia, en su Jornada Tercera cuando el Escribano dice a Pedro Crespo:
                                  El concejo aqueste día
                                          os ha hecho alcalde, y tenéis
                                          para estrena de justicia
                                          dos grandes acciones hoy.
   Crespo, dispuesto a aplicar “su propia justicia“, exclama contrariado:
                                         ¡Cielos,
                                         cuando vengarse imagina,
                                         me hace dueño de mi honor
                                         la vara de la justicia!
                                         ¿Cómo podré delinquir
                                         yo, si en esta hora misma
                                         me ponen a mi por juez
                                         para que otros no delincan?
         Y, luego, dirigiéndose a su hija, sentencia:

                                 Ya tenéis el padre alcalde,
                                         él os guardará justicia.
     Es pues entre los siglos XVI y XVII cuando se instituye que los Ayuntamientos han de renovar sus cargos cada año y así va a ser hasta mediado el siglo XIX con la renovación que van a suponer, sobre todo, la Constitución de 1812, el liberalismo y el Trienio Liberal, cuando comienzan a ser llamados Alcalde Constitucional. 

   Hasta 1844 y, cuando menos, desde 1599 los Ayuntamientos fueron anuales. Aunque el Alcalde Ordinario, ya venía siendo elegido anualmente y no podían volver a serlo hasta pasados tres años, no así sucedía con el de regidor que en muchos lugares lo era con carácter perpetuo hasta que se dispone que “en este presente año fue servido de consumir los regidores perpetuos  y de aquí adelante se gobernaren por regidores añales”.
   Así, cada año se elegían los alcaldes, conocidos como Alcalde Ordinario ya que ejercían justicia ordinaria, y fueron siempre dos, uno por el estado noble y otro por los pecheros. Y los Regidores, también dos, elegidos igualmente entre representantes de los dos estados; y los Jurado, que ejercían la administración de la provisión de víveres. Estos tres cargos junto con el de Mayordomo de Propios, que administraba los caudales y bienes propios del pueblo, y el Procurador Sindico General, o Personero del Común, que ejercía labores de Defensor del Pueblo, eran las más importantes figuras en aquellas “administraciones locales”. Luego, estaban otros como Alcaide de la Cárcel, Alcaldes Sexmeros, Alcalde de la Hermandad, Depositario del Pósito, Guarda del término, Clavero del Archivo, Depositario del Papel Sellado o Receptor de Bulas.

    Conocemos los nombres de algunos de aquellos hombres por los Libros de Visitas de la Orden de Santiago, como en 1604 cuando “se rrequirió con los rreales poderes de su Magestad a Pedro Fernández Navarro y Rodrigo Alonso, Alcaldes Ordinarios y Bartolomé rrodriguez, Rexidor…” [Sic] Desde 1640 hasta su desaparición, el Libro de Cuentas del Santo Hospital de Pobres y casi de forma ininterrumpida nos da el nombre de, al menos, un Alcalde, cuando no de los dos y también, a veces, de los Regidores.
    Nombramiento de oficios Condesa de Montijo.-
Libro de Capitulares.- (AAMM  P. Calzada)

    Pero ignoramos como era la elección de Ayuntamiento en Puebla de la Calzada hasta entrado el siglo XVIII por falta de documentación, tal vez desaparecida en el ya conocido saqueo de la villa por el ejército portugués en 1644 aunque no debió ser muy diferente a lo que conocemos desde 1700, con la falta de algunos años desaparecidos, por los Libros de Acuerdos Capitulares, sencillos manuales de papel ajado y oscurecido, garabateado con rasgos casi ininteligibles a veces, que nos han legado, no solo los nombres de quienes rigieron los destinos de la vida pública de Puebla de la Calzada, sino también, la formula protocolaria con que se procedía a tan determinante hecho en el devenir de la historia particular de la villa.
    Por ser villa de Señorío, los oficios principales del Ayuntamiento correspondía por derecho, elegirlos al Conde del Montijo. Resultado de un proceso que comenzaba con la proposición, por parte del ayuntamiento saliente, de las personas consideradas más apropiadas para los diferentes cargos que había que cubrir. De tal modo que para el oficio de Alcalde Ordinario, el de Regidor y el de Jurados, se proponían cuatro nombres, y para el resto de oficios, como Mayordomo de Propios, ejercidos por una sola persona, se proponían dos nombres. 

    Proposición que se hacía entre noviembre y diciembre, “En la Villa dela Puebla de la Calzada, a quatro días del mes de noviembre año de mil setezientos sesenta y seis, los señores Justicia y Regimiento de ella, Andrés García y Álbaro González Roa, Alcaldes Hordinarios de ella, Matheo López Lozano y Xpval Matheos Bejarano, Regidores, Juan Esteban Barrena y Rodrigo Alonso Barbaño, Jurados, todos con voz y voto, asiento y lugar en su Ayuntamiento estándolo zelebrando en la Sala del Santo Hospital de Pobres de esta expresada villa por estarse construyendo las de en propiedad, precedente son de campana tañida como lo han de uso y costumbre para tratar asumptos dirigidos al bien de esta republica, por si y en nombre de los demás Capitulares que de presente son y en adelante fueren de este dicho Concejo dijeron sus Mercedes que en atención de estar próximo el año que viene de mil setezientos sesenta y siete y ser orden expresa de su Magestad (que Dios Guarde), que el primero día de Henero de cada año entren nuevos oficiales de Justicia para que la ejerzan y en atenzión a dicha Real Orden, el presente no padezca retraso alguno, acordaron dichos Sres elegir y proponer al Excmo Sr Cardenal Arzobispo de Toledo, Administrador ad bona de la Excma Sra Condesa del Montijo y desta, mi señora, por oficiales de Justicia y demás Capitulares, las personas siguientes…”[sic]


    En aquel año era titular del Condado, Dª Maria Francisca de Sales Portocarrero de Guzmán y Zúñiga, que había sucedido a la edad de nueve años, en 1763, a su abuelo Cristóbal Gregorio Portocarrero Funes de Villalpando, como VI Condesa del Montijo. Hasta su matrimonio con Felipe de Palafox y Croy de Havre, ejerció la administración su tío-abuelo Luis Antonio Fernández de Córdoba Portocarrero Guzmán y Aguilar que fuera  Cardenal en 1754 y Arzobispo de la Archidiócesis de Toledo entre 1755 y 1771 y de quien heredará los condados de Teba y Ardales
   Seis años más tarde, en 1772, la propuesta de cargos se hace con la misma y obligada fórmula protocolaria y un estilo, si no más sencillo, sí, menos recargado.
“… los Sres Alcaldes Ordinarios, Regidores y Jurados, juntos en su Consistorio con las solemnidades de su estilo, por sí y a nombre de los demás Capitulares que fueren deste Ayuntamiento por quienes prestan voz y caución de voto en forma, procedieron a trazar proposición de sujetos que sirvan los empleos de Alcaldes y Capitulares de esta villa en el año próximo venidero de mil setecientos setenta y tres, para que el Excmo Sr Conde del Montijo, mi Señor, como dueño della, elija los que sean de su más digno agrado, en cuio concepto ejecutan dicha proposición en la siguiente forma”

  Alcaldes Ordinarios: Juan Lucas Guisado, Pedro Gragera Barrena, Rodrigo Alonso Barbaño, Sancho González Cortesano.-  Rexidores: Lope Sanchez, Francisco Pérez Riola, Diego Martin Rastrollo, Christobal Asensio Roa.- Jurados: Andrés González Portillo  Juan de la Maza Rivera, Alonso Tarombo, Christobal Matheos Vexarano el menor.- Alcaldes de la Santa Hermandad: Juan Manuel Galán, Bartolomé Guisado.- Mayordomo de Propios: Pedro García Velázquez y Sebastián García de la Sal.- Alcaide de la Cárcel: Juan Basilio y Basilio Donbenito.

  La respuesta a aquella propuesta, como a tantas en cada año hasta 1836, obedecía también a un protocolo en el que lucía una profuso arcoíris de nombres y títulos:
     “Don Felipe Portocarrero Palafox, Croix de Havré, Zúñiga Laso de la Vega, Gentil hombre de Cámara de S.M. con exercicio, Mariscal de Campo de sus Reales exercitos, Capitán de la Real Compañía de Alabarderos, marido y conjunta persona de la Excelentísima Señora Doña Maria Francisca de Sales Portocarrero Fernández de Córdoba, Zúñiga, Guzmán, Luna, Henríquez de Almansa, Cárdenas, Pacheco y Acuña, Funes de Villalpando, Monroy, Aragón, Henríquez de la Carra, Navarra y Lodeña, CONDESA DEL MONTIJO, Marquesa de Barcarrota y de la Algaba, condesa de la Fuentidueña, Marquesa de Valderrábanos y Osera, Señora de la villa de la Adrada, y demás de su Estado, de las de La Puebla de la Calzada, Huetortajar, los Palacios y Romanillos… Grande de España de Primera Clase: Por cuanto conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y a la buena administración de Justicia, hacer elección de oficiales de ella que la ejerzan en mi villa de la Puebla de la Calzada el próximo año de mil setecientos setenta y tres enterado de la proposición que me ha hecho según testimonio del acuerdo celebrado en su razón en quince de noviembre próximo antecedente, elijo y nombro: Por Alcaldes Ordinarios Juan Lucas Guisado y Pedro Gragera Barrena; por Regidores a Lope Sanchez y Francisco Pérez Riola; por Jurados a Andrés González Portillo y Alonso Tarombo; por Alcalde de la Santa Hermandad a Juan Miguel Galán; por Mayordomo de Propios a Pedro García Velázquez y por Ministros y Alcaide de la Cárcel a Juan Basilio, todos vecinos de la dicha mi villa de la Puebla de la Calzada… encargándoles como les encargo la recta administración de Justicia, favoreciendo a los Pobres, Viudas y Huérfanos”

   Será en 1836 cuando los cargos se renueven definitivamente de acuerdo con el Título Primero del R.D. de 23 de julio de 1835 y los Ayuntamientos pasen a componerse “De un alcalde, de uno o más tenientes de alcalde donde lo exija el vecindario de la población, de cierto número de regidores según el vecindario de cada pueblo, de un Procurador del Común”

   Pero por el camino se irán quedando muchos nombres, cargos, ilusiones y deseos de cambiar mucho de todo lo que era necesario cambiar.